Comé el maní
Mi celular tiene prohibida la entrada al dormitorio.
Se había vuelto habitual acostarme con él y perder la noción del tiempo mirando reels y basura digital. Los ojos me quedaban irritados de la luz en medio del cuarto oscuro, y me costaba cada vez más quedarme dormido.
Así que hice lo que suelo hacer cuando quiero librarme de un hábito: calibrar el entorno.
Puse un cargador fijo en el living y empecé a dejar el celular enchufado ahí todas las noches antes de acostarme. Reviví mi Kindle y lo dejé en mi mesita de luz, ocupando el lugar del culpable.
Mi vida cambió.
Ahora me acuesto en silencio y mis ojos se van relajando mientras leo. La lectura se volvió un hábito, ya parte de mi rutina.
Y si bien quitar la tentación de la vista me ha servido en varias situaciones, me pregunto si no existe un punto en el cual el remedio se convierta en enfermedad…
El otro día leí que en el año 2000, la Academia Americana de Pediatría recomendó no darle maní a niños menores de 3 años. El resultado fue que las alergias al maní se multiplicaron.
Luego se confirmó que introducir maní desde chiquitos reducía el riesgo de alergias en más del 80%.
A primera vista, evitar el alimento parecía ser lo más saludable. Pero el tiempo demostró que no exponerse hacía más daño.
¿No habrá algo parecido entre evitar el maní y la idea de ocultar nuestras tentaciones, como hice con el celular?
Uso menos el celular cuando me acuesto, pero sigo usándolo en exceso durante el día.
Caigo en la compulsión haciendo fila en el supermercado, viajando en un ascensor, esperando que se cocinen los fideos.
La Bestia sigue al mando, solo que ya no frecuenta ciertos Hábitats como el dormitorio.
Prohibirle la entrada al celular no fue una solución al problema de raíz, sino una curita. Beneficiosa, ni que hablar, ya que gracias a eso hoy leo más. Pero como con el maní, parece estar acentuando el comportamiento en otros contextos.
¿No será mejor exponernos a la tentación con la consciencia de un Encantador, y aprender a domarla?
En lugar de eliminar las redes sociales para no caer en agujeros negros, ser capaz de usarlas de forma medida.
En lugar de evitar reuniones sociales porque estamos a dieta, ser capaz de ir al evento, tomar agua y saltear el postre.
Hay situaciones donde alejarse es necesario. Adicciones severas, situaciones extremas.
Pero cuando lo que buscamos es que La Bestia no nos domine en el día a día, me pregunto si comer el maní no será la mejor estrategia.
Porque al final es como vivir en un cuarto repleto de algodones, donde todo lo que podría lastimarnos queda escondido detrás del blanco acolchonado.
Ahí dentro funcionamos a la perfección.
Pero el día que nos toca salir, nos damos cuenta de que estamos peor que antes.
Y ella nos estará esperando… sin que tengamos armas para enfrentarla.
— Rodri
Este es uno de los 23 bocados de La Bestia, mi primer libro. Si este te dejó pensando, hay 22 más.
Para masticar...
¿Qué pasaría si dejaras de esconder la tentación y empezaras a entrenar con ella?
