Tarántula
Estaba apoyado en la mesada de la cocina cuando noté, de reojo, que algo se movía…
Una sombra negra, caminando. Pensé que era un reflejo, pero se volvió a mover. Giré la cabeza y lo confirmé: una tarántula.
Grande, peluda, caminando tranquila como si fuera su hogar. Para mí, que soy un bicho de apartamento, fue una pesadilla.
Cuando mi esposa vino a la cocina, dudé si decirle. Pero no me pude contener:
— ¡Quedate allá, no vengas!
Enseguida captó el mensaje: estábamos acompañados.
Pasamos de charlar tranquilos a discutir, ya con nervios, qué hacer con la araña.
— ¿La matamos?
— ¿Y si se escapa?
— ¿Y si se mete detrás de un mueble?
— ¿Cómo dormimos?
Nuestras Bestias ya estaban despiertas. Lo que había sido una noche tranquila se convirtió en un operativo de búsqueda y captura que duró hasta la madrugada.
Ya con la araña fuera de la casa, algo me quedó dando vueltas.
Veníamos pasándola bien, sin pensar en nada raro. Pero la tarántula ya estaba ahí. Si no la hubiéramos visto, habríamos dormido tranquilos.
Pero verla lo cambió todo.
Como me dijo una vez un amigo:
"Si no lo ves, no existe".
Mientras no lo registrás, no te afecta. Pero en cuanto aparece, todo empieza a girar en torno a eso.
Y no solo pasa con tarántulas…
Abrís la app de inversiones y mirás el precio de una acción que no pensabas vender. Según tu plan, era para el largo plazo. Pero al verla en rojo, te empezás a inquietar. Dudás. Aunque nada haya cambiado, solo ese dato que no necesitabas ver alcanza para que se active la ansiedad.
Hasta hace un rato, ni lo sabías.
Y por eso estabas en paz.
Entonces, ¿hasta qué punto vale la pena enterarse de ciertas cosas? Porque a veces, saber solo nos altera.
Pasa también con los mosquitos.
Te despertás con un zumbido y listo. Te sentás en la cama, prendés la luz, y pasás media hora revisando cada rincón. No porque el mosquito vaya a hacerte algo grave, sino porque ahora sabés que está. Y mientras esté, no hay paz.
O con las noticias.
Prendés el noticiero y en diez minutos te enteraste de un accidente, un robo y una crisis económica. Apagás la tele y el mundo a tu alrededor sigue igual que antes. Pero vos ya no.
Viste la “tarántula”.
Y hay algo peor. Aquella noche, cuando le grité a mi esposa que no se acercara, fue mi Bestia la que habló. Le pasé mi miedo sin filtro, y su Bestia se despertó al contacto con la mía. Como si las Bestias se atrajeran.
Entonces, ¿qué hacemos con las "tarántulas"?
Porque algunas hay que verlas. Si el riesgo es real, es mejor enterarse y avisar a los demás.
Pero hay otras que no te iban a hacer nada… hasta que las miraste.
— Rodri
Este es uno de los 23 bocados de La Bestia, mi primer libro. Si este te dejó pensando, hay 22 más.
Para masticar...
¿Qué cosas estás mirando que, si no las vieras, te dejarían vivir más en paz?
