Un capítulo de La Bestia
La Bestia que asfixia
Una vez, un cliente me pidió que programara en vivo mientras miraba mi pantalla.
Mirada punzante. Silencio pesado. Aunque estábamos en una videollamada, sentía su presencia justo detrás de mí.
La respiración en la nuca.
— ¿Rodrigo, no sabés programar esto?
Touché.
Me quedé paralizado.
En lugar de enfocarme en resolver lo que pedía, solo podía pensar en que no iba a poder. Cuando sentís que te observan de cerca, pensar se vuelve más complicado. Lo único que te sale es evitar equivocarte.
Esa experiencia me quedó grabada. No por el cliente, sino por lo que me hizo descubrir después.
Mi hija mayor está en la etapa de los dictados. Cada dos viernes, tiene que escribir frases en inglés dictadas por la maestra. Sin errores, o con los menos posibles.
Practicar el "dictation" es todo un desafío…
Hay días en los que vuelve del colegio sin ganas de nada. Ni de bañarse, ni de comer, y mucho menos de practicar una tarea.
En esos momentos aparece mi peor versión.
Prendo el modo "obligar" y empiezo a gritar "¡Dictation!". El problema es que, por más fuerte que grite y señale el pizarrón, nada logra moverla de la cuadrícula de parquet en la que está parada.
Es como gritarle a un poste.
Un día, en medio de una de esas sesiones, me frené.
Estaba parado detrás de ella, inclinado sobre su hombro, corrigiéndole cada letra antes de que terminara de escribirla. Ella con la mirada clavada en el pizarrón, tensa, sin moverse. Y yo ahí, respirándole en la nuca.
Le estaba haciendo a mi hija exactamente lo que el cliente me había hecho a mí.
Soy La Bestia que asfixia.
A veces, de tanto insistir, logro que dé un paso y se acerque al pizarrón, pero la ilusión se desvanece cuando la veo dibujando flores y garabatos en piloto automático.
Pero también tenemos días de gloria...
Días en los que se ríe, se divierte y aprende. Días en los que está abierta a las correcciones y las incorpora en un chasquido de dedos. Terminamos sacando una foto de sus palabras en la pizarra.
Mi enfoque determina el tipo de día que tendremos.
Si estoy ansioso y apurado, nos espera un día para el olvido. Si estoy sereno y dedicado, será un día memorable. Yo marco el tono de la habitación, y mi hija lo capta.
De la calma nace la diversión.
Traigo los marcadores de colores para que tenga que escribir cada palabra con uno diferente, o invento un sistema de puntos por cada palabra correcta. Cualquier idea que convierta la tarea en un juego parece funcionar con ella.
El desafío también tiene que estar bien calibrado.
Cuando le recito el dictado completo de una sola vez — que es lo que hago cuando estoy ansioso — es de esperar varios errores y mucho tiempo de trabajo. La corrección en exceso la satura, la apaga, y garantiza un peor resultado al día siguiente.
La mejor estrategia ha sido achicar el dragón.
Una frase por día.
O ni siquiera eso, a veces solo tres palabras, cuidadosamente seleccionadas: dos fáciles y una difícil.
Cada sesión liviana. Y siempre con progreso.
El clima tenso saca lo peor de ella. Cuando grito y no escucho, se cierra. Ella alcanza su mejor versión cuando elige estar ahí. Cuando le encuentra sentido. Cuando disfrutamos y celebramos los avances.
Los mejores días no estoy obligando.
Los mejores días, estoy liderando.
Y la diferencia entre uno y otro empieza por quién tiene la correa: yo o La Bestia.
Esto fue un capítulo de La Bestia.
La Bestia reúne historias como esta para aprender a reconocer eso que a veces te frena, te apura o toma el control sin que te des cuenta.