Alguien trajo unos bizcochitos a la casa de verano.
Parecían malvaviscos pequeños, pero hechos de harina. Venían en una bolsa de nylon duro y transparente, apilados por docenas.
Alguien probó uno y exclamó:
— ¡Qué ricos bizcochitos!
Otros se tentaron, los probaron y estuvieron de acuerdo. Pero luego comieron otro.
Y otro.
Y uno más…
— No puedo parar — comentó alguien, ya sin entusiasmo, casi pidiendo ayuda.
— ¡Sácamelos de enfrente! — gritó una voz desde la otra punta de la mesa.
El manjar se había convertido en una condena.
Durante los dos o tres días que duró el paquete, las escenas se repetían. Las mismas personas rindiéndose a la tentación, lamentándose cada vez que, casi por accidente, comían el primer bizcochito de la tanda. Ya sabían que no sería el único.
— Esto tiene que tener algún componente que hace que no puedas parar de comer — dijo alguien.
— Claro que sí — respondió otro, convencido, mientras masticaba su quinto "malvavisco".
Estaban poseídos por sus Bestias.
Cuando alguien tomaba un bizcochito, otro lo seguía. Como si el primero le despertara La Bestia al segundo.
Es lo mismo que pasa cuando las quejas de uno contagian el pesimismo al resto. O cuando los gritos de un conductor furioso marcan el tono para la respuesta del otro.
Las Bestias se atraen.
¿Pero cómo evitamos que se junten?
Noté algo distinto a lo que pasó con la tarántula...
Allá, las Bestias solo se contagiaron. Acá, algo las frenó.
Cuando alguien se planta y rechaza los bizcochitos, otros lo siguen. Se contagia otra energía. Igual que cuando un líder con su actitud cambia el clima de todo un equipo. O cuando alguien rechaza la siguiente ronda de alcohol y pide agua, y el resto hace lo mismo.
Su presencia invita a la calma.
Y es que cuando las Bestias se congregan, el Encantador las serena.
— Rodri
Para masticar...
¿Cómo influye tu actitud en la energía de un grupo o equipo?