La Bestia
Mis dedos se movían solos sobre las cuerdas de la guitarra cuando algo volvió a suceder.
Algo que siempre me hace querer guardarla en su estuche.
Estaba tocando "Spaceship", una canción de The Vines con un arpegio divertido de tocar pero difícil de replicar. Suelo improvisar un poco para que suene parecido al original, no un calco exacto.
Pero esta vez se sintió diferente. Al llegar al tercer compás, no había cometido ningún error. Podía sentir cada cuerda vibrando limpia bajo mis dedos. Nota por nota, venía siendo una réplica exacta.
Y justo ahí, cuando todo fluía, apareció. Esa maldita voz interior…
"Qué bien te está saliendo…"
"No puedo creer que todavía no le hayas errado ni a una nota".
La voz se volvió más oscura…
"No sos tan bueno como para mantenerlo…"
"Le vas a errar ahora, ¿no? En 3… 2… 1…"
Sentí los dedos endurecerse.
El final de la cuenta regresiva coincidió con mi pulgar tocando la cuerda incorrecta.
Algo despertó dentro de mí. Lo sentí en el pecho, como una presión que sube. Difícil de controlar. Difícil de acallar.
La llamo La Bestia.
No es nuestro primer encuentro...
Aparece en la cancha de tenis, cuando vengo sacando bien. Me susurra "¿Otra doble falta?" y, de pronto, siento el brazo rígido en el lanzamiento. O mientras recito el guion de una charla a la perfección. Me sopla "¿Te vas a quedar en blanco?" Y las palabras desaparecen.
Algo me dice que tengo que aprender a domar a esa Bestia.
Y para eso necesito conocerla. Saber cuándo le gusta aparecer. Cuándo tiene ganas de despertar.
Cuándo está por atacar.
Este es uno de los 23 bocados de La Bestia, mi primer libro. Si este te dejó pensando, hay 22 más.
Para masticar...
¿En qué momento del día solés escuchar la voz de La Bestia con más claridad?
