El placar de tuppers
El placar de tuppers me quita años de vida cada vez que lo abro.
Está bajo la mesada de la cocina. Para llegar hay que agacharse, y yo siempre elijo la peor forma: doblando la espalda hacia adelante. Diez de cada diez veces, una torre de vasos de plástico cae al piso cuando abro la puerta.
Termino agachándome igual para levantar los vasos que nadie usa — esos que uno canjea en una red de cobranzas, pero que por alguna razón decidí que ocuparan la primera fila del armario. Los recojo y vuelvo a poner en la misma posición de privilegio, junto a la prensa de hamburguesas que no uso desde 2016. Meto la mano por un hueco entre la montaña de objetos para alcanzar el tupper celeste que vine a buscar.
Lo atrapo con las yemas de los dedos y empiezo a extraerlo con el cuidado de quien saca una pieza de un Jenga al límite del colapso.
"Ya casi estoy llegando".
Pero no. El recipiente entre mis dedos es verde. Y un leve roce repite el colapso de la torre de vasos que había recogido minutos atrás.
Siento la presión subiendo. Ganas de tirar todo al piso y cerrar la puerta de un golpe. Pero respiro.
Cambio de estrategia. Reconocimiento del terreno antes de proceder a la extracción. Recorro el mueble con los ojos entrecerrados y lo veo, al fondo. Una vez más, voy por él.
Esquivo otra serie de objetos esenciales en el camino: un porta pajitas, tres vasitos reutilizables de heladería, un portamates sin su mate, una mantequera. Esta vez, tengo éxito y consigo el tupper celeste. Solo hay un inconveniente…
"¿Dónde está la tapa?"
El placar de los tuppers me da dolores de cabeza a diario. Me suben las pulsaciones solo de pensar en abrirlo. Cada día me desgasto buscando, tirando y levantando cosas de ahí.
¿Cuánto mejores serían mis días si no tuviera que lidiar con ese desorden?
Lo más frustrante es que sé que tengo que organizarlo, pero no me pongo a hacerlo. "Dejalo para después", me susurra La Bestia.
Es más fácil hacerle caso. Esperar un "mejor momento". Pero el precio de posponer crece en silencio, y lo pagamos día a día en cuotas tan pequeñas que a veces ni nos enteramos.
Hay otras versiones del "placar de tuppers": la bandeja de entrada con cientos de mails sin leer, roperos desordenados, las cosas que prometiste hacer y seguís arrastrando. A veces el desorden es físico y otras veces, mental.
Algo me dice que se retroalimentan...
Si organizo el placar, quizás despeje un poco la neblina mental. Y si pienso con más claridad, quizás las cosas a mi alrededor empiecen a ordenarse solas.
La Bestia no solo aparece en los momentos de presión. También se esconde en el desorden de todos los días.
— Rodri
📘 Este bocado es parte de mi libro La Bestia. Si querés seguir leyendo, lo encontrás acá.
Para masticar...
¿Con qué “placares” estás lidiando?