“Qué asco los dátiles”.
Pensé así desde aquel primer encuentro con ellos.
Yo tendría unos 12 o 13 años.
Unos veteranos me hicieron probar algo que describieron casi como un éxtasis.
Dátil con roquefort.
Apenas lo mordí, sentí el veneno y salí disparando al baño.
Lo vomité en el acto.
Pero hace poco pasó algo curioso.
Sirvieron unos dátiles en una picada familiar.
Estaban rodeados de quesos suaves, solos en el centro de una tabla.
Parecían cucarachas gigantes.
Y vaya uno a saber por qué, pensé:
“Creo que eso debería gustarme”.
Por ahí tuvo que ver con mi pasión por el Martín Fierro.
Ver al dátil cerca de un queso común habrá disparado la asociación.
Pero también puede que no haya tenido nada que ver.
Cada tanto me encuentro con uno de esos momentos sin sentido aparente.
De chico nunca imaginé que terminaría escuchando a los Beatles.
Pero un día, sin esperarlo, sentí el empuje: “Ahora sí”.
Me hace pensar en lo que sintió Jerry Seinfeld cuando vio standup por primera vez y supo que quería dedicarse a eso.
Ese pequeño pulso que aparece sin pedir permiso. Una indicación del GPS interior que nos dice “es por ahí”, aunque no sepamos explicar por qué.
Cuando presto atención a esas señales, mi camino pega giros inesperados, a veces hasta deliciosos. Como el que ahora me tiene pensando:
“¡Qué ricos los dátiles!”
— Rodri
Para masticar...
¿Cuándo fue la última vez que sentiste ganas de hacer algo sin saber muy bien por qué?