Cuando preparo un queso y dulce, me tomo mi tiempo.
El corte de queso tiene que ser parejo, paralelo al borde. Poso el filo del cuchillo sobre el bloque de oro y presiono, balanceando la hoja de atrás hacia adelante. Así no lo aplasto, y el rectángulo sale perfecto. El grosor del dulce, a gusto del consumidor. Algunos prefieren un martín fierro más empalagoso, otros más salado. Yo soy de los últimos. El cuchillo del queso no se usa para cortar el dulce, y el del dulce no se usa para cortar el queso.
Me llaman “el cirujano”.
Tener ese cuidado en el armado no me demanda atención ni esfuerzo. Es como si mi cuerpo lo necesitara. Pero si cierro los ojos y me imagino preparando un queso y dulce con una punta de queso irregular, un membrillo endurecido, un cuchillo más corto de lo necesario y una horda de hambrientos exigiendo su postre, empiezan a sudarme las manos.
Ese entorno despierta a mi Bestia.
Pero hay gente que lo vive al revés que yo. Mientras me tomo mi tiempo para cada rebanada, se impacientan. Lo que para mí es precisión y cariño, para ellos es pérdida de tiempo. Se les acelera el pulso de solo imaginarse dedicando sesenta segundos al ritual de preparar un solo bocado.
Mientras un hábitat agita a mi Bestia, el mismo serena a las de otros.
Y por eso vale la pena dedicar tiempo al avistamiento de bestias: la práctica de estudiar con cuidado a ese animal que llevamos dentro, como un etólogo que observa a su especie. Descifrar a nuestra Bestia nos da pistas para calibrar mejor el hábitat que nos rodea. Nos ayuda a reconocer cuándo pisamos terreno hostil, y a prepararnos para domar sus ataques.
Pero esto no termina en uno...
Entender a otras bestias puede ser el secreto para influir en ellas.
— Rodri
Para masticar...
¿Sabés qué despierta a tu Bestia? ¿Y la de los que te rodean?