Tendría que limpiar el filtro.
Es uno de esos de carbono, conectado al grifo de la cocina. Cuando está nuevo, el agua fluye como el chorro de una manguera. Pero al tiempo se tapa, y de repente servir un vaso se vuelve un desafío a la paciencia.
Ayer estaba recostado sobre la mesada, hipnotizado por el goteo del filtro. Meditando. Estaba llenando una botella.
Al cabo de un rato llegó mi esposa y dijo:
— Creo que si lo limpiás y la llenás, hasta vas a demorar menos.
Tiene razón...
Pero detesto limpiar el filtro.
Lleva unos 5 minutos. Desenroscás la carcaza metálica y lo primero que ves es una inmundicia. El filtro, antes blanco como la tiza, ahora tiene un tono a yodofón. Al desenroscarlo, los dedos resbalan sobre una especie de mucosa oxidada. Quedan marrones, anaranjados. Resta rasquetear con una pobre esponja bajo el agua de la canilla, sacrificándola en el proceso.
Prefiero esperar.
Aunque esperar también tiene sus riesgos...
A veces pongo a llenar una botella y pienso: “Podría aprovechar este ratito para hacer otra cosa”.
Y me voy.
Hasta que, al rato, empiezo a oír un goteo sospechoso a lo lejos. Un goteo sutil, pero con implicancias bastante más tediosas que esperar quieto frente a la pileta.
Cocina inundada.
Si habrá cosas que esquivamos...
Decisiones que postergamos, convencidos de que algún día vamos a amanecer mejor preparados para enfrentarlas.
Pero los días pasan y ese momento nunca llega.
Mientras tanto, seguimos esperando frente al filtro. Esquivando la molestia de limpiarlo. Dejando que La Bestia se salga con la suya.
Y por evitar una molestia de cinco minutos, a veces terminamos pagando un precio mucho mayor.
Hacemos agua.
“¿Por qué no lo hice antes?”
Me voy a limpiar el filtro.
— Rodri
Para masticar...
¿Qué estás postergando que podría terminar costándote mucho más?