Vivir a propósito

Vivir a propósito

Hacía pocos minutos que habíamos salido a la ruta, pero el segundero parecía moverse más lento de lo normal.

El paisaje era gris y monótono. Los colores del asfalto, el cielo y los árboles parecían uno solo, grises y apagados. Como si fueran una extensión del plástico del tablero de la camioneta.

De repente, una voz aguda gritó:

“¡Veo veo!”

Le seguí el juego...

— ¿Qué ves?
— Una cosa...
— ¿De qué color?
— ¡Amarillo!

Todo lo amarillo cobró vida delante mío. Las líneas en el asfalto ahora parecían trazas de un marcador fluor. Los carteles de tránsito brillaban como estrellas y el poco sol que había ahora se veía, asomando de entre las nubes como una medalla de oro.

Solo veía lo amarillo. Rondas después lo rojo, lo verde, lo blanco. El paisaje cobraba vida según lo que yo buscara. Pero sin algo que buscar, el mundo a mi alrededor se apagaba.

La idea de “propósito” siempre me resultó confusa.

¿Tengo que tener un propósito en la vida? ¿Se puede tener más de un propósito? Gran parte de mi vida viví sin uno definido, y aún así, visceralmente, siempre sentí entusiasmo y conexión con lo que estaba haciendo.

Por esto último, más que escarbar hasta encontrar un único propósito, opto por vivir a propósito. No es lo mismo, aunque suenen parecido.

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