El médico me recetó dos disparos.
Uno a la mañana y otro a la noche.
Durante treinta días.
“Así vas a destapar la nariz”, aseguró.
Compré el spray nasal, llegué a casa y lo guardé en el placar del baño.
Días después, seguía guardado.
Lo saqué del placar y lo dejé a la vista, junto a los cepillos.
El día corrió. Entre una cosa y otra, me olvidé de las alergias.
Hasta que llegó la noche...
Bocado exclusivo
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