El día que empezaste a leer

El día que empezaste a leer

Estuve 28 años sin poder leer.

Lo odiaba.
Me costaba pasar las páginas.
Las pantallas siempre seducían más.

Pero hoy me siento un lector.

Justo anoche terminé un libro.
Una verdadera hazaña para el Rodri de antes.
Para el de hoy, una simple anécdota.

¿Cómo fue posible?

Lo curioso es que no me convertí en lector cuando aprendí a obligarme a leer.

Me convertí en lector cuando leer dejó de ser el objetivo.

Tené una buena razón para leer

De chico leía porque mis amigos leían.

Su emoción al hablar de Harry Potter era infecciosa. Yo también quería ser parte de eso.

Así que me compré los mismos libros.

Pero nunca sentí lo mismo.

De grande recurrí a los libros cuando me sentí perdido liderando un equipo.

Leí uno y me di cuenta de que estaba un poco menos perdido.

Así que leí otro. Y después otro.
Y uno más.

En 2020 leí más libros que en los primeros 30 años de mi vida.

La lectura ya no era el fin.

Necesitaba entender cómo liderar.
Si no, la pasaba mal.

Leer sobre liderazgo fue el antídoto. Pero nunca el fin.

¿Qué te hizo querer leer?

¿Fue ver a otros contando los beneficios de hacerlo?
¿Sentís que te estás perdiendo de algo?
¿Que deberías leer más?

Por ahí eso no te va a dar el combustible necesario para sostener el hábito.

Mejor preguntate:

¿Qué te interesa?
¿Qué te molesta?
¿Qué querés entender?
¿Qué querés lograr?

Y después buscá libros que te ayuden con eso.

No leas para leer.
Leé porque hay algo del otro lado de esas páginas que querés encontrar.

Dejá de decirte que los libros no son lo tuyo

Durante los años en que no leía, me repetía siempre lo mismo:

“Los libros no son lo mío”.

Hasta lo decía con orgullo, para no sentirme mal por ser incapaz de leer más de 12 páginas.

Pero cuando te decís lo mismo una y otra vez, se vuelve parte de tu identidad. Te convencés de la frase y empezás a ver el mundo a través de los ojos de ese tipo de persona.

No pisás las librerías.
Cuando te regalan un libro, pensás que no vas a leerlo.
Las recomendaciones entran por un oído y salen por el otro.

Cuando me di cuenta, dejé de repetirlo. Dejé de darle vida a La Bestia.

Y empecé a acumular evidencia de lo contrario.

Algunas páginas antes de dormir.
Un capítulo más.
Un libro.
Otro.

Hasta que un día pude decir algo que durante años me habría parecido ridículo:

“Soy un lector”.

Podés saltear páginas y dejar libros sin terminar

Para mí, leer un libro era leer un libro entero.

De principio a fin.
Si no, no contaba.

A la mitad de un libro aburrido, me forzaba a seguir. Tenía que terminarlo, o no lo había leído.

Cuando dejé de pensar en los libros como el objetivo, esa postura perdió sentido.

Lo que importaba para mí era aprender.

En medio libro puedo aprender algo que antes no sabía. Y eso no desaparece porque no lea la segunda mitad.

Si un párrafo no me suma, lo salteo.
Incluso capítulos completos.

Si el libro dejó de ser un buen medio para lograr lo que quiero, dejó de tener sentido seguir.

Cuando me fuerzo a leer cada palabra de un libro con el que no conecto, vuelvo a cometer el mismo error:

Hacer del libro el fin.

Si sentís fuego por un libro, leélo ya

A veces, escuchando un podcast, me entusiasmaba de golpe con algún libro.

Notaba el fuego dentro mío y decidía darle leña.

Agarraba el Kindle y lo compraba al instante.
Esa misma noche empezaba a leerlo.

Para empezar a leer, el entusiasmo es clave. Sentir que en esas páginas hay alguna respuesta a lo que sea que estés persiguiendo.

Y ese impulso inicial muchas veces tiene poca vida útil.

Durante años, cuando descubría un libro que quería leer, lo anotaba en alguna lista para después. Casi nunca llegaba a leerlo.

Cuando volvía a la lista días o semanas más tarde, el fuego ya se había extinguido.

El fuego tiene fecha de vencimiento.

Prestale atención a esos momentos de entusiasmo repentino. Si sentís fuego por un libro, aprovechá y empezá a leerlo.

No importa si estás en el medio de otro.
No importa si después lo abandonás.

Si hay fuego, dale leña.

Hacétela fácil

Me encantan los libros en papel. Pero nunca me resultaron prácticos.

No puedo leerlos a oscuras en la cama.
Ni llevar muchos en una mochila.
Ni tener acceso rápido a nuevos títulos.

La practicidad es clave para formar un nuevo hábito.

Por eso el Kindle me ayudó tanto. Tengo cientos de libros conmigo a donde vaya.

En segundos puedo descargar un fragmento de cualquier título. Si me interesa, estoy a un tap de comprarlo y empezar a leer.

Si el libro es muy grueso, de esos que intimidan, ni me entero.

Y de yapa, puedo subrayar pasajes y acceder a ellos desde la computadora.

Pero había otro tema...

Uno de los momentos que más me cuadraban para leer era a la noche, en la cama, justo antes de dormir.

Ahí reinaba el celular.

Con el cargador enchufado atrás de la mesita de luz, la pantalla tenía su lugar de reposo definido.

Por mucho que quisiera leer, la tentación era más fuerte.

Así que saqué el cargador y lo enchufé en el living.

Un nuevo lugar de reposo, lejos del cuarto.

En la mesa de luz, ahora dejaba el Kindle. Fijo.

Cambié los anzuelos.

También desfilaban por ahí los libros físicos que estuviera leyendo.

Cuando nos mudamos, no pusimos televisor en el cuarto.
Una tentación menos.

Leer cada noche se volvió más fácil.
Si quería entretenimiento, no me quedaba otra opción.

Empezá por libros que te la hagan fácil

El formato del libro también incide mucho en mi capacidad de leerlo.

Tiene que tener buenos márgenes.
La letra no puede ser muy chica.
Tiene que haber aire entre las oraciones.

Que puedan respirar.

Y cuanto más cortos y frecuentes sean los capítulos, mayores chances de éxito.

Los capítulos cortos me ayudan a tener miniobjetivos en el camino.

Como checkpoints en un videojuego.

Si sé que cada capítulo son solo tres o cuatro páginas, puedo arrancar sabiendo que voy a llegar a un nuevo checkpoint en poco tiempo.

Y cuando llego, el siguiente parece lo suficientemente cerca como para probar con uno más.

Y después otro.

Es cierto que el objetivo no es terminar el libro. Pero esos checkpoints transmiten algo importante:

“Estoy avanzando”.

Y esa sensación da energía para seguir construyendo el hábito.

Uno que me la hizo fácil fue Leading with Emotional Courage.

Capítulos cortos pero jugosos.
De esos que te dejan ganas de leer uno más.

Cuando escribí La Bestia, intenté hacer lo mismo.

Historias cotidianas.
En capítulos cortos.
Engachados.

Lo diseñé así a propósito. Para que leer uno te diera ganas de leer el siguiente.

Sé de algunos que lo leyeron en una sola sentada. Pero si todavía no sos lector, no hace falta que hagas eso.

Podés empezar por el primer bocado.

Quién sabe...

Capaz el día que empezaste La Bestia termina siendo el día que empezaste a leer.

— Rodri

Para masticar...

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