Me acuerdo de cómo me sentía cuando me tocó liderar un equipo por primera vez.
Tenía 27 años. Hasta ese momento mi terreno era el técnico. Años estudiando sistemas, puliendo mis habilidades con un solo objetivo: programar bien. Ahora estaba pisando fuera de ese campo y las dudas eran moneda corriente.
¿Cómo los motivo?
¿Cómo les transmito buenas prácticas?
¿Hice bien en corregirles eso? ¿Estaré siendo muy controlador?
¿Qué hago cuando un cliente me vuelve loco? ¿Me quejo en voz alta? ¿Me lo guardo?
¿Estoy liderando bien?
Había un detalle que le agregaba complejidad al asunto: yo no tenía un título diferente al de ellos. No era Team Leader, Tech Leader, ni nada similar. Éramos pares en la jerarquía, así que no tenía autoridad alguna para dar órdenes.
“Si tan solo pudiera decirles qué hacer, sería tanto más fácil… ¿No?”
Además del sinfín de interrogantes y de una sensación de impostor que no me soltaba, tenía que descifrar algo más difícil: cómo lograr que quisieran, por decisión propia, aquello que yo creía que valía la pena.
Esto pasa mucho en las empresas de software, sobre todo cuando ascienden a roles de liderazgo a quienes destacaron por su capacidad técnica. Toda una vida puliendo lo más duro del trabajo. Y de un día para el otro, el desafío pasa a ser lo blando.
A mí me pasó algo particular: me apasionó tanto el liderazgo que terminé dejando lo técnico de lado. Di un giro profesional entero en esa dirección. Y encontré respuestas a mis preguntas.
Pero a muchos no les pasa eso. Mantienen su entusiasmo por lo técnico intacto, y entre las urgencias del día a día, terminan liderando como les sale. Un poco por intuición. Un poco por lo que vieron en otros. Liderazgo por inercia. Y liderando así, el riesgo es que terminen sufriendo todos: el líder, el equipo y el cliente.
¿Y si en las empresas de software se hablara de liderazgo con la misma pasión con la que se habla de tecnología?
Que así como un equipo discute acaloradamente qué tecnología adoptar, converse con ganas sobre cómo influir en un cliente cuando no hay autoridad formal. Cómo lograr que alguien se suelte en una conversación uno a uno. Cómo dar feedback. Cómo asumir responsabilidad personal. Cómo lidiar con la presión de una entrega, qué postura tomar frente a la incertidumbre o cómo transmitirles los valores a quienes recién llegan al equipo.
Para lograrlo hace falta un nuevo lenguaje y nuevos modos de transmitirlo. Uno que conecte con la gente joven. Que no se enseñe de camisa y corbata, con diapositivas olvidables. Un lenguaje con historias y conceptos memorables, que se vuelvan parte del vocabulario de una organización y de la vida de sus integrantes, no porque los memoricen, sino porque sienten cómo los ayudan a liderar y a vivir mejor.
El mundo que se viene ya nos está poniendo a prueba. Y nos exige algo mucho más profundo que ponernos a tiro con los LLM o los agentes de IA. Nos exige mirar para adentro.
Para llevar a tu equipo hacia un lugar mejor, primero tenés que vértelas con lo que te frena a vos. Los miedos, las dudas, la resistencia. Yo le digo La Bestia.
Ella no se va a ir. Pero podés entenderla, y hacerle frente desde una visión que te entusiasme tanto que ya no te detenga. Y después, ayudar a los que te rodean a hacer lo mismo.
— Rodri
Para masticar...
En tu organización, ¿se habla de liderazgo con la misma pasión con que se discute lo técnico?