La trampa del perfeccionismo, por Marc Randolph (Netflix)

La trampa del perfeccionismo, por Marc Randolph (Netflix)
Marc Randolph, cofundador de Netflix.
Hay veces en que La Bestia no te dice “no podés”. Te dice “todavía no está pronto”. En este texto, Marc Randolph (cofundador de Netflix) cuenta lo que pasa cuando dejás de esperar a que todo esté perfecto. Podés leerlo en idioma original acá.

En los primeros días de Netflix, yo era perfeccionista.

No del tipo admirable — del tipo paralizante. Del tipo que pasa un mes encargando fotos profesionales para un experimento que termina fallando en la primera hora. Del tipo que pule cada palabra, revisa cada link y contrata un corrector antes de que un solo cliente real haya visto la página.

¿Sabés qué nos dio toda esa preparación cuidadosa? Lentitud.

Cada experimento tardaba semanas. Cada experimento fallaba. Entonces empezábamos de nuevo. Semanas. Fallo. Semanas. Fallo.

Hasta que un día, más por desesperación que por sabiduría, empezamos a recortar caminos. Hicimos un experimento en dos semanas. Después en una. Después día por medio. Después todos los días. Y después — porque no nos quedaba otra — tres o cuatro experimento por día.

Todo se volvió desprolijo. Fotos con marcas de agua. Typos, links rotos. Tiramos el sitio abajo. Un desastre.

Y lo que descubrimos fue esto: no importaba.

No solo nuestra desprolijidad no nos perjudicó — nuestra velocidad nos ayudó enormemente. Los aprendizajes que sacamos en una sola semana desprolija de experimentación valieron más que un mes de preparación perfecta. Dejamos de intentar acertar de antemano y empezamos a dejar que la realidad nos mostrara cómo era “acertar” en verdad.

Ahí fue cuando dejamos de ser una empresa que tomaba decisiones cuidadosas y nos convertimos en algo mucho más valioso: una máquina de ideas.

La trampa del perfeccionismo

El perfeccionismo es traicionero porque no se siente como miedo. Se siente como control de calidad. Te susurra que estás siendo meticuloso. Responsable. Que simplemente estás esperando a que todo esté realmente listo.

Pero hay una palabra para construir algo en tu cabeza y negarte a mostrárselo al mundo hasta que sea perfecto.

Esa palabra es postergar.

La analogía que siempre me vuelve a la mente es la del escultor: cuando hacés testeo iterativo, tenés que acostumbrarte a que te destruyan tus esculturas perfectas. Pasás dos semanas armando algo hermoso — el mensaje justo, el diseño justo, la experiencia justa — y después descubrís que no funciona. Se rompe. A empezar de nuevo.

Si no podés bancar eso, te vas a encontrar construyendo esculturas cada vez más grandes, tardando cada vez más, gastando cada vez más — todo al servicio de postergar el momento en el que la realidad opina.

El perfeccionismo asume que sabés cómo es “perfecto” de antemano. No sabés. Yo no sabía. Nadie sabe.

Ningún plan de negocios sobrevive al choque con un cliente real.

Lo que realmente lanzamos

Cuando lanzamos Netflix en abril de 1998, el sitio era tosco. El sistema de fulfillment era manual y lleno de errores. Genuinamente crudo.

Pero funcionaba lo suficiente como para que un cliente pudiera encontrar una película, pedirla y recibirla por correo. Esa era la vara. Todo lo demás era secundario.

Y porque lanzamos cuando lanzamos — en vez de seis meses después, puliendo cosas que no necesitaban ser pulidas — descubrimos cosas que nunca podríamos haber aprendido en una sala de reuniones. Que los cargos por devolución tardía eran un disparador emocional más grande de lo que pensábamos. Que la gente estaba más dispuesta a esperar un DVD de lo que la sabiduría convencional sugería. Que nuestro packaging necesitaba mucho trabajo.

Nada de eso estaba disponible hasta que algo real estuvo frente a clientes reales. Los focus groups no te dicen lo que la gente realmente va a hacer. El comportamiento sí.

Vas a aprender más en un día haciendo que en un mes pensándolo.

El verdadero costo de esperar

Lo que los perfeccionistas nunca calculan: cada día que no lanzás es un día que no aprendés. Y en una startup, eso no es poca cosa.

El modelo de suscripción de Netflix — probablemente la decisión más importante que tomamos — no fue resultado de un análisis cuidadoso. Un día Reed y yo estábamos en el depósito, mirando 100.000 DVDs juntando polvo en los estantes. Nos estábamos quedando sin plata. Bromeamos con que capaz podíamos ahorrar en alquiler si guardábamos los DVDs en las casas de los clientes.

Y después pensamos... ¿y si se los mandamos y dejamos que los tengan todo el tiempo que quieran? Sin fecha de devolución. Sin cargos por demora. Solo una suscripción mensual fija que les permita intercambiar discos las veces que quieran.

No fue un giro estratégico cuidadosamente investigado. Fue una idea a medio cocinar que decidimos probar. Y sorprendentemente — cuando la probamos, funcionó.

La información perfecta no existe. Siempre estás apostando con datos incompletos. La pregunta es si hacés esa apuesta temprano, cuando hay poco en juego, o tarde, cuando ya quemaste meses y plata protegiendo una idea que nunca fue testeada.

Qué significa “suficientemente bueno”

No significa que todo funcione. No significa que no te dé vergüenza.

“Suficientemente bueno” significa una sola cosa: es la versión que te permite empezar a aprender. No la versión que cubre cada caso borde ni impresiona a tu directorio ni te hace sentir seguro en una cena. Solo lo suficiente para descubrir si hay algo ahí.

El test que siempre me aplico: ¿cuál es la forma más rápida, barata y fácil de probar esto? No la mejor forma. No la forma correcta. La forma más rápida de descubrir si la idea tiene patas.

Si las tiene — genial. Ahora podés invertir más. Si no — perdiste una semana, no un año.

Construí la cosa. Lanzala.

Dejá que la realidad se encargue.

— Marc Randolph, cofundador de Netflix

Para masticar...

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