Hay un momento que se repite, varias veces al día, y revela qué tan domada está La Bestia.
Surge en diferentes situaciones:
A veces es mientras estoy conversando con alguien y de reojo noto que se ilumina la pantalla de mi celular. Otras es cuando me subo al ascensor y me enfrento a una bajada de siete pisos solo y en silencio. O también cuando me ofrecen una copa de un vino especial, cuando ese día había amanecido diciendo que iba a pasar un fin de semana saludable.
Es el momento de la tentación.
Quiero estar presente en la conversación, pero me muero por saber quién me escribió. Quiero aprovechar a desconectar mientras bajo al garage, pero me siento más cómodo sacando el celular del bolsillo. Quiero sentirme más descansado, pero esa copa y el momento con otros es muy bueno para dejarlo pasar.
En ese momento, La Bestia me desafía a una pulseada. Y esa pulseada dejará en evidencia quién tiene el control.
En algunos contextos, como el alimenticio, suelo dominar yo. Aflora el Encantador. Pero en otros, como las rutinas o el ejercicio, La Bestia tira con más fuerza.
He notado que el dominio va y viene. Hay días en los que no le doy lugar a la tentación, ni por asomo. Apenas logra expresarse. Pero luego toma la delantera y, durante varias noches, me tiene con el celular pegado a los ojos mientras estoy acostado en la cama.
Por eso creo que lo más importante no es aspirar a ser el que siempre gana la batalla, al dominio total. Sino a ser el que siempre se esfuerza por pulsear. Por dar pelea, día a día. Tentación a tentación.
Y cuando tomamos consciencia de la relevancia de esos momentos, a priori insignificantes, podemos ver el entrenamiento diario que representan. Cuando uno controla el impulso de mirar el celular, está entrenando, sin saberlo, la misma habilidad que necesita para no responder de mala gana cuando alguien dice algo que molesta. O cuando los niños nos interrumpen cada treinta segundos mientras intentamos concentrarnos.
Es esa habilidad mental de detenerse un segundo, avistar la tentación, controlar el impulso y elegir una respuesta.
Pero también hay que saber elegir nuestras batallas. A veces vale la pena ceder. Si nos privamos de todo lo que le da calor a la vida, terminamos alimentando una Bestia más oscura en silencio.
Y el día que esa Bestia decida rugir, la tentación será incontrolable.
— Rodri
Para masticar...
¿Cuáles de tus momentos cotidianos podrías convertir en entrenamiento para domar a La Bestia?