Menos mal que lo hice
Cuando no quiero ir al gimnasio pero termino reuniendo el coraje para ir, es difícil arrepentirme de haberlo hecho. Salgo energizado, diciéndome “menos mal que vine”.
Lo mismo se repite una y otra vez cuando me comprometo con situaciones que despiertan a La Bestia: presentarme en una conferencia, organizar una masticada para un equipo. Los días previos aparecen los nervios. Se me cruzan pensamientos como “ojalá que se suspenda” o “que me escriban para correr la fecha”. Pero al igual que con el gimnasio, siempre salgo agradecido de no haberme dejado llevar.
Creo que esa sensación es parte de lo que me alimenta las ganas de hacer más cosas difíciles. Saber que del otro lado del miedo se esconde algo a lo que solo puedo acceder si encuentro el coraje para enfrentarlo. Y se va formando una bola de nieve. Al principio el desafío era escribir y hacerlo público. Luego grabar videos y mostrar la cara. Luego las conferencias y, más recientemente, publicar un libro.
Esto me recordó un segmento del podcast del neurocientífico Andrew Huberman, que tenía guardado en una nota desde hacía varios meses:
“La mayoría de la gente no sabe esto, pero hay una estructura cerebral llamada corteza cingulada anterior. Cuando las personas hacen algo que — y esta es la parte importante — no quieren hacer, esa área del cerebro crece.
Lo que es especialmente interesante de esta área: es más chica en personas obesas. Crece cuando hacen dieta. Es más grande en atletas. Es especialmente grande en personas que se enfrentan a desafíos y los superan. Y en las personas que viven mucho tiempo, esta área mantiene su tamaño.
En muchos sentidos, los científicos están empezando a pensar en la corteza cingulada anterior no solo como una de las sedes de la fuerza de voluntad, sino quizás como la sede de las ganas de vivir.
Y todos los datos apuntan a que podemos desarrollar esta área. Pero tan rápido como la desarrollamos, si dejamos de hacer cosas que son difíciles para nosotros, se achica. Por ejemplo: si te encantan los baños de hielo y pasás de un minuto a diez, esa área no creció. Porque lo disfrutás.
Pero si odiás el agua fría, si te da miedo, y aún así te metés y sobrevivís, entonces sí crece. Y si al día siguiente no lo hacés, o lo hacés pero ya no te cuesta, se achica de nuevo”.
— Andrew Huberman
Me gusta pensar que ese “menos mal que lo hice” es esa estructura cerebral hablando.
La práctica de enfrentar lo que nos intimida, superarlo, y volver a hacerlo, parece ser algo digno de cultivar. Quizás hasta un modo de vida.
Porque como dice Huberman, ahí puede estar la clave para alimentar nuestras ganas de vivir.
— Rodri

Para masticar...
¿Qué cosa difícil estás evitando que, si la hicieras, te haría crecer?